13 de octubre de 2018

The Trip to Bountiful (1985)



Mi familia paterna es de un pueblo diminuto. Hasta donde yo sé, mi abuela nació en ese pueblo. No en un hospital, sino en casa. De camino a ese pueblo diminuto, perdido en la inmensidad de la llanura manchega, hay otro incluso más pequeño y perdido. Año tras año, la nada lo va engullendo poco a poco. Cuando era pequeña, los edificios eran viejos, muy viejos, pero se mantenían en pie. Son edificios de piedra, antiguos, construidos por manos cuya sabiduría no ha pasado a las generaciones que las sucedieron. Son casas de muros gruesos, con habitaciones añadidas para guardar los animales de arreo, los cerdos, las gallinas. Cuando era pequeña, me gustaba imaginarme que de mayor me mudaría a una de esas casas, la repararía con mis propias manos y tendría un gallinero, un rebaño de cabras y un burro, y viviría al lado de la única casa habitada, con el tendedero justo al lado de la carretera, viendo pasar de largo a todos aquellos que se fueron para nunca volver. Con los años, las casas se han ido derrumbando, primero piedra a piedra, y después muros enteros colapsando hacia adentro, como queriendo llenar el vacío que dejaron sus habitantes. Cuando paso por el pueblo, no solo siento que ha muerto una parte de la tradición de mi gente, una parte de la historia de mi tierra, sino también esa versión de mí que soñé hace tanto tiempo. Señora Watts, lo siento tantísimo. Pero no se preocupe. Talaremos árboles, reconstruiremos las casas, y volveremos a dejar yerma la tierra.