5 de noviembre de 2018

Casino Royale (2006)


      A James Bond lo descubrí en esos breves meses de la vida en los que dejas de ser un niño y te transformas en un adolescente. Mi padre me llevó al cine a ver la nueva película de una las tres franquicias que sigue. Hasta entonces, yo no tenía edad suficiente para ver estas películas, y mucho menos en el cine (tampoco es que hubiera querido debido a mi odio irracional a Pierce Brosnan). Recuerdo perfectamente el subidón de adrenalina que me dio cuando Daniel Craig se gira, dispara a la cámara, y estallan los créditos iniciales. Recuerdo lo mucho que me fascinó el villano, y lo bien que me cayó Vesper. La he vuelto a ver (más o menos) media docena de veces. Es una de las pocas películas que no me importa pillar al principio, al final, o por la mitad: si veo una escena, voy a ver lo que le quede. 

      Casino Royale, más allá de tener un guión espectacular y de ser accesible para aquellos que nos acercábamos a Bond por primera vez, tiene algo que la convierte en una película mágica: la atmósfera que genera. Todas las películas de espías que conozco beben del cine negro, de los polis cínicos, de los ambientes grises y de un pesimismo generalizado. Al contrario de todo esto, Casino Royale nos presenta a un James Bond vestido de turista que persigue a los malos por paisajes formados por plantas, por casas de colores, con un mar azulísimo resplandeciendo de fondo en casi cada escena. Nos presenta a un James Bond que se enamora de verdad, que muestra ternura, que existe más allá del spleen. Nos presenta un mundo en el que hay muerte y traición, pero en el que estas no definen lo que hay más allá de ellas. 

      No he visto películas de Bond anteriores a esta, y las que la han seguido me han, como mínimo, dejado indiferente, e incluso han llegado a disgustarme. Pero Casino Royale me ha gustado siempre que la he visto, y siempre conseguirá darme un chute de adrenalina  y renovar mi fe en que es posible hacer películas de espías en las que brille el sol y que te hagan sonreír.