La enfermedad y el duelo que esta conlleva están tratadas en esta película con un realismo que asusta. No se exagera el lado cómico ni el trágico, sino que se tratan ambos con absoluta sinceridad. Si esto ya es de por sí raro, hay otro elemento que hace que la película pase de poco común a extraordinaria: que estos elementos se representan con fidelidad tanto desde el punto de vista de los familiares como del enfermo, y que la relación entre los personajes es natural como el agua de un manantial. Las maneras que cada uno tiene de lidiar con el dolor son diferentes dependiendo de su personalidad, y todas son representadas con el respeto que merecen.
He llorado mares y, a pesar del pánico que el concepto de mortalidad me hace sentir, la película ha conseguido representarlo de una forma en la que no me ha hecho pasar miedo, sino que me reconfortado.

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