9 de febrero de 2019

Wildlife (2018)


Es muy difícil ser el padre de tus padres. Es incluso más difícil serlo cuando tienes catorce años y tus padres están pasando por una crisis emocional. A Joe lo llamaron Joe porque es un nombre sencillo que le permite ser quien quiera ser, pero que también lo hace pasar desapercibido. Joe observa a las personas que tiene a su alrededor e intenta complacerlas, minimizando su presencia todo lo posible, aplacando furias, dando la razón, acatando mandatos. Joe lleva la evitación del conflicto a su máxima expresión, difumiando sus propios deseos y persiguiendo aquellos de los que tiene alrededor. Si hiciéramos un conteo estadístico de los parlamentos de Joe a lo largo de la película, la mayoría de ellos serían "yes, sir/yes, mom/yes, dad". Wildlife es una película que, a pesar de no hablarnos de Joe, está contada enteramente desde su punto de vista.
Sin embago, a pesar de que Joe trate de ocultar su presencia todo lo posible, como si se escondidera detrás de una cámara invisible, es imposible ignorarlo. Irradia energía y es tremendamente expresivo. Como una fotografía, no necesitamos que hable para comprender la historia que oculta. Es a través de sus ojos que vemos la crisis matrimonial de sus padres; la depresión escapista de Jerry; la ira rebelde de Jenny. A pesar de que Joe parezca no tener voluntad, es solo a través de él que logramos comprender el mundo que se nos está presentando. Y es Joe, con sus modales suaves, quien termina restaurando la paz en su propio universo. Me fascina que el protagonista de esta película sea, precisamente, la persona que menos guía la narrativa. Ojalá os guste tanto como a mí.

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