De alguna extraña manera, Sunny me ha curado una crisis existencial y, a la vez, me ha causado una crisis existencial. Korea, años ochenta. Una adolescente se cambia de instituto y un grupo de chavalicas la adopta. Están en esa edad en la que se grita por la calle, se montan coreografías con tus amigas, y todo es intensísimo. Y la amistad que forjan en esa etapa crítica de su vida permanecerá hasta la vida adulta: a pesar de que ninguna esté donde pensaba que iba a estar, a pesar de que se hayan distanciado, se reencuentran y la vida pasa sin haber pasado. Preparaos para llorar pero en plan bien.
Puntos extra: los paralelismos están maravillosamente construidos y da gusto verlos.

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