Igual que The Love Witch, The Brain that Wouldn't Die es cutre, es cine de serie B. E, igualmente, consigue tratar los temas de los que habla con inteligencia y de manera interesante. Partiendo de la premisa que nos regaló Mary Shelley hace casi dos siglos, el protagonista es un científico loco que quiere hacer algo que va más allá de la ciencia del momento. En los 60, los trasplantes de órganos eran una cosa nueva, que existía desde hacía apenas 10 años. Bill Cortner, nuestro científico loco de turno, quiere hacer un trasplante de cabeza. Su ayudante, Kurt, tiene un brazo deforme a causa de un trasplante fallido realizado por Cortner.
Al igual que Frankenstein nos plantea dudas éticas acerca de los avances científicos de la Ilustración, The Brain That Wouldn't Die se hace preguntas contemporáneas al momento de su producción. En los años 60 el debate sobre la eutanasia se reavivó, y la primera frase de toda la película es: "¡Déjame morir!". El objetivo de Bill no es solo hacer un trasplante imposible, sino hacer vivir a quienes deberían morir a costa del sufrimiento físico y psicológico de los propios pacientes.
En esta misma época el Código Hays estaba ya debilitado (desaparece en 1967), y Bill y la cámara se recrean observando los cuerpos de las mujeres que se cruzan en su camino. Si Elizabeth, la novia de Víctor Frankenstein, es un emblema de pureza, Jan, la novia de Bill, tiene un carácter marcadamente sexual. Ya que Jan necesita un cuerpo nuevo, asegurémonos de que este sea sexualmente atractivo. Un gran porcentaje de la película sigue a Cortner en su caza de una mujer sexi. Y lo llamo caza porque literalmente intenta acorralar y engañar a varias mujeres para llevarlas a su territorio y matarlas.
Es posible que tenga un punto débil para las películas malas que dicen cosas inteligentes, pero la verdad es que The Brain That Wouldn’t Die me ha conquistado. Será cine B, pero ha conseguido coger los temas de Frankenstein, una novela publicada por primera vez en 1818, y adaptarlos al nuevo mundo en que vivimos.


