24 de septiembre de 2017

The Brain That Wouldn’t Die (1962)


Igual que The Love Witch, The Brain that Wouldn't Die es cutre, es cine de serie B. E, igualmente, consigue tratar los temas de los que habla con inteligencia y de manera interesante. Partiendo de la premisa que nos regaló Mary Shelley hace casi dos siglos, el protagonista es un científico loco que quiere hacer algo que va más allá de la ciencia del momento. En los 60, los trasplantes de órganos eran una cosa nueva, que existía desde hacía apenas 10 años. Bill Cortner, nuestro científico loco de turno, quiere hacer un trasplante de cabeza. Su ayudante, Kurt, tiene un brazo deforme a causa de un trasplante fallido realizado por Cortner. 

Al igual que Frankenstein nos plantea dudas éticas acerca de los avances científicos de la Ilustración, The Brain That Wouldn't Die se hace preguntas contemporáneas al momento de su producción.  En los años 60 el debate sobre la eutanasia se reavivó, y la primera frase de toda la película es: "¡Déjame morir!". El objetivo de Bill no es solo hacer un trasplante imposible, sino hacer vivir a quienes deberían morir a costa del sufrimiento físico y psicológico de los propios pacientes. 

En esta misma época el Código Hays estaba ya debilitado (desaparece en 1967), y Bill y la cámara se recrean observando los cuerpos de las mujeres que se cruzan en su camino. Si Elizabeth, la novia de Víctor Frankenstein, es un emblema de pureza, Jan, la novia de Bill, tiene un carácter marcadamente sexual. Ya que Jan necesita un cuerpo nuevo, asegurémonos de que este sea sexualmente atractivo. Un gran porcentaje de la película sigue a Cortner en su caza de una mujer sexi. Y lo llamo caza porque literalmente intenta acorralar y engañar a varias mujeres para llevarlas a su territorio y matarlas. 

Es posible que tenga un punto débil para las películas malas que dicen cosas inteligentes, pero la verdad es que The Brain That Wouldn’t Die me ha conquistado. Será cine B, pero ha conseguido coger los temas de Frankenstein, una novela publicada por primera vez en 1818, y adaptarlos al nuevo mundo en que vivimos.  

17 de septiembre de 2017

Wonder Woman (2016)


En mi clase de combate del gimnasio, tenemos un ejercicio que se llama Iron Man cuyo nombre no me inspira nada. El otro día, nuestra entrenadora nos enseñó uno llamado Wonder Woman, inspirado en esta película. Mientras nos lo enseñaba, nos habló de Diana y de las Amazonas y relacionó algunos movimientos de la película con los que aprendemos en clase.

Esto fue lo que me inspiró a ver Wonder Woman. La vi con un chico y una chica, y he de reconocer que pensaba que exagerábais el mensaje de girl power de la película hasta ese momento. Wonder Woman nos presenta un mundo utópico del que lo primero que vemos es un campo de entrenamiento en el que solo hay mujeres. Simbólicamente, esta utopía se viene abajo cuando, accidentalmente, un grupo de soldados la encuentra y la arrasa, matando en el proceso a unas cuantas Amazonas. En Wonder Woman, es Diana la que realiza proezas sobrehumanas y es la protagonista de momentos de acción irreales, la que sobrevive a cosas imposibles. En un momento dado, el chico se rió de "lo poco realista que es esto" y mi amiga le contestó: sí, pero es una chica.

No suelen gustarme las películas de superhéroes, y pocas me inspiran nada más allá de entretenimiento. No voy a mentiros y deciros que me ha encantado Wonder Woman, ni tampoco que me ha parecido una película perfecta. Comete muchos pecados que otras películas del mismo género también cometen. Sin embargo, ha conseguido algo más importante que gustarme: transmitirme, durante dos horas y veinte minutos, un sentimiento de poder. 

15 de septiembre de 2017

Arrival (2016): Parte II


Si la primera vez que reseñé esta película hablé sobre que me había tocado la fibra como lingüista, esta segunda vez me ha tocado la fibra como ser humano. Es una película en la que se reivindica el poder de la vulnerabilidad. En un género como la ciencia ficción, en el que los protagonistas siempre son científicos de mente fría y que, especialmente cuando trata con aliens, recurre a la violencia, Arrival es un soplo de aire fresco.

Lo que define Arrival es lo vulnerable que es su protagonista, y que este rasgo se convierte en una herramienta para ayudar a la humanidad a alcanzar un mejor futuro. Louise defiende el poder de la comunicación y de la empatía. La película entera está llena de metáforas sobre esto, pero también lo dice de forma explícita. Ante un puñado de científicos y militares que quieren respuestas y las quieren rápido, Louise se quita el uniforme, les extiende la mano a los recién llegados y se presenta. Ante un puñado de científicos y militares que quieren respuestas y las quieren rápido, no se achanta y defiende que hay que andar con cautela, que hay que ponerse en la piel del otro y pensar en los matices. Louise siempre aboga por la cooperación internacional, defiende la necesidad de diálogo y de unidad. Cuando se entera de que un equipo se está comunicando con los aliens mediante un juego de guerra y estrategia, es Louise la que se da cuenta de las implicaciones que esto tiene: que conceptualiza todas las interacciones a través de los conceptos de enfrentamiento, derrota y victoria. 

En un mundo en el que se ensalzan las ciencias y el pensamiento racional, Arrival nos recuerda que el lenguaje es la mejor y más fundamental herramienta que poseemos los seres humanos. Nos inspira a mimarlo, a valorar su importancia, y a emplearlo para construir un mundo mejor.