Halt and Catch Fire, como comando, hace que un ordenador se ponga a hacer cosas a lo loco y deje de realizar sus funciones normales. Halt and Catch Fire, como serie, ha hecho que me duela la cara de aguantarme las lágrimas.
En Halt and Catch Fire hay uno de los reflejos más realistas que he visto de la amistad en toda mi vida. Los cuatro protagonistas son seres humanos complejos, imperfectos, que cometen errores y que se hacen daño los unos los otros. Pero también son grandes amigos que siempre están ahí para los demás en sus momentos de dolor y de necesidad, que aunque estén muy enfadados se siguen queriendo. Que lamentan la amistad perdida y buscan reencontrarla. Que perdonan tal y como los perdonan a ellos. Son personas reales, que sufren, que pasan por grandes momentos de crisis y emergen victoriosos pero heridos. Que se reinventan a sí mismos constantemente.
Gordon, Donna, Cameron, Joe, y las personas que los rodean nunca se dan por vencidos, y tropiezan una y otra vez con la misma piedra. En el último capítulo, Cameron habla de la recursividad. De cómo algunas ecuaciones funcionan de manera que el resultado se vuelve a insertar en la ecuación, creando una estructura gigante e infinita. De esta misma manera funciona la vida. Volvemos a seguir el mismo camino una y otra vez por mucho daño que nos haya hecho y por muy seguros que estemos de esta vez nos va a llevar a la misma conclusión.
Lo que Halt and Catch Fire nos enseña es a querernos, a nosotros mismo y a los demás, tal y como somos. A ver los defectos de las personas a las que queremos y aún así amarlas con todo nuestro corazón. A perdonar, a dar segundas oportunidades. A reinventarnos a nosotros mismos. A disfrutar del camino, sin importar el dolor que nos aguarde en su final.


